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Entrevista a Claire Holt

sábado, 4 de febrero de 2012

Ficha de Amanda[Evento Infferno]

 1. Nombre y lugar del Infierno
El t�rmino infierno es� an�logo de “cueva (caverna) y “vac�o”. Es un sustantivo formado de las palabras anglosajonashelan o behelian, “esconder”. Este verbo tiene el mismo primitivo del lat�n occulere y celare y el Griego kalyptein. Por lo tanto, por derivaci�n, infierno denota un lugar oscuro y escondido. En la antigua� mitolog�a Escandinava, Hel era la diosa de los desfavorecidos del bajo mundo de la diosa. Solo aquellos ca�dos en batalla pod�an entrar al Valhalla; el resto ca�a al Hel en el bajo mundo, aunque no todos al lugar de los castigos de los criminales.
Infierno (infernus) en su uso teol�gico es el lugar de castigo luego de la muerte. Los te�logos distinguen cuatro significados del t�rmino infierno:
En sentido estricto, el infierno, o el lugar del castigo de los condenados, sean �stos demonios o hombres; el� limbo de los infantes (limbus parvulorum), donde aquellos que murieron con solo el pecado original y sin pecado personal mortal, est�n confinados y padecen cierto tipo de castigo; el limbo de los Padres (limbus patrum), en donde las almas de los justos que murieron antes de Cristo, esperan su admisi�n al cielo; en el interim, el cielo esta cerrado para ellos como castigo por el pecado de� Ad�n.
El purgatorio, donde el justo, que muri� en pecado venial o quien a�n tiene deudas de castigo temporal por el pecado, es limpiados por el sufrimiento previa admisi�n al cielo
El presente art�culo solo trata del infierno bajo su sentido estricto.
La palabra latina� infernus (inferum, inferi), la Griega Hades, y la Hebrea sheol corresponden a la palabra infierno. Infernus se deriva de la ra�z in; luego designa al infierno como un lugar dentro y bajo la tierra. Haides, formada por la ra�z fid, ver, ya privativa, denota un lugar invisible, escondido y oscuro; por lo tanto es similar al t�rmino infierno. Las derivaciones de�sheol son dudosas. Generalmente se supone que viene de ra�z Hebrea cuyo significado es “hundirse en, estar vac�o”; consecuentemente denota una cueva o un lugar bajo la tierra. En el Antiguo Testamento, (Sept. hades; Vul. infernus) sheol es usado bastante en general para designar el reino de los muertos, del bueno como tambi�n del malo (Num., xvi,30); significa infierno en su sentido estricto, como tambi�n el limbo de los Padres. Pero, como el limbo de los Padres termina en el momento de la Asunci�n de Cristohades (Vulg. Infernus) en el Nuevo Testamento siempre designa el infierno de los condenados. Desde la Asunci�n de Cristo, el justo ya no cae al mundo inferior, sino que habita en el cielo (II Cor., v1). Sin embargo, en el Nuevo Testamento, el t�rmino Gehenna es usado m�s com�nmente como hades,� nombre dado al lugar de castigo de los condenados. Gehenna es en Hebreo g�-hinnom (Neh., xi, 30), o la forma m�s extensa de g�-ben-hinnom (Jos., xv, 8), y g�-ben�-hinnom (IV Reyes, xxiii, 10) “valle de los hijos de Hinnom”. Hinnom parece ser el nombre de la persona no conocida de otro modo. El Valle de Hinnom est� al Sur de Jerusalem y hoy es llamado Wadi er-rababi.�Fue notoria la escena de tiempos anteriores, de horrible adoraci�n a Moloch. Por este motivo, fue profanado por Jos�as (Reyes IV, xxiii,10) maldito por Jerem�as (Jer., vii, 31-33) y mantenido como abominaci�n por los jud�os, quienes, consecuentemente, utilizaron el nombre de �ste valle para designar el sufrimiento de los condenados (Targ. Jon., Gen., iii, 24; Henoch, c. xxvi). Y Cristo adopt� �ste uso del t�rmino. Adem�s de Gehenna y Hades, encontramos en el Nuevo Testamento muchos otros nombres para el sufrimiento de los condenados. Es llamado el “infierno menor” (Vulg. Tartarus) (II Pedro, ii,4) “abismo” (Lucas, viii, 31 y otros) “lugar de los tormentos” (Lucas, xvi, 28) “alberca de fuego” (Apoc., xix, 20 y otros) “estufa de fuego” (Mateo, xiii, 42, 50) “fuego inextinguible” (Mateo iii, 12 y otros) “Fuego eterno” (Mateo, xviii, 8; xxv, 41; Judas, 7) “oscuridad exterrior” (Mateo vii,12; xxii, 13; xxv,30) “niebla” o “tormenta de oscuridad” (2Pedro, ii, 17; Judas 13). El estado de los condenados en llamado “destrucci�n” (apoleia, Filip, iii, 19 y otros) “perdici�n” (olethros, I Tim., vi, 9), “destrucci�n eterna” (olethros aionios, II Tes., i, 9) “corrupci�n” (phthora, Gal., vi, 8),� “muerte” (Rom., vi, 21), “segunda muerte” (Apoc., ii, 11 y otros).
�D�nde est� el infierno? Algunos eran de la opini�n que el infierno est� en todas partes, que los condenados est�n en libertad de vagar por todo el universo, pero llevan consigo su castigo. Los adherentes a esta doctrina fueron llamados Ubiquistas o Ubiquitaristas; entre ellos, por ejemplo, Johann Brenz, un suabo, te�logo Protestante del siglo 16. Sin embargo, esa opini�n ha sido rechazada universal y merecidamente; porque hay m�s en el estado de castigo de los condenados que el que �stos est�n limitados en sus movimientos y confinados a un lugar definitivo. M�s a�n, si el infierno es fuego real, no puede estar en todas partes, especialmente despu�s de la consumaci�n del mundo cuando la tierra y el cielo sean renovados. En cuanto a su ubicaci�n, se han hecho toda clase de conjeturas; se ha sugerido que el infierno est� situado en alguna isla lejana en el mar o en los dos polos de la tierra; Swinden, un ingl�s del siglo 18 imaginaba que estaba en el sol; algunos se la asignaron a la Luna, otros, a Marte; otros lo colocaron en los confines del universo [Wiest, “Instit. theol.”, VI (1789), 869]. La Biblia parece indicar que el infierno est� dentro de la tierra, en tanto describe el infierno como un abismo a donde descienden los malvados. Incluso hemos le�do de la tierra abri�ndose y los malvados hundi�ndose bajo el infierno (Num., xvi, 31 y sgts; Ps, liv, 16; Isaias., v,14; Ez., xxvi, 20; Fil., ii,10 etc). �Es �sta una mera met�fora para ilustrar el estado de separaci�n de Dios. Aunque Dios es omnipresente, El habita en el Cielo, porque la luz y la grandeza de las estrellas y el firmamento son las manifestaciones m�s brillantes de Su infinito esplendor. Pero los condenados est�n absolutamente alejados de Dios; por lo tanto, es dicho que su sufrimiento est� lo m�s remoto posible de su morada, lejos del cielo y de su luz y, consecuentemente, escondido del oscuro abismo de la tierra. Sin embargo, no hay raz�n convincente para aceptar una interpretaci�n metaf�rica por sobre el significado m�s natural de las palabras de las Escrituras.
De ah�, generalmente los te�logos aceptan la opini�n que el infierno est� realmente dentro de la tierra. La Iglesia no ha decidido nada sobre este tema; de ah� que podemos decir que el infierno es un lugar definido; pero no sabemos d�nde est�. San Cris�stomo nos recuerda: “No debemos preguntar d�nde est� el infierno, sino �qu� hacer para escapar de �l?” (In Rom., hom. xxxi, n. 5, en P.G., LX, 674). San Agust�n dice: “Es mi opini�n que la naturaleza del infierno-fuego y la ubicaci�n del infierno no son conocidos por ning�n hombre� a no ser que el Esp�ritu Santo lo revele en forma especial” (De Civ. Dei, XX, xvi, en P.L., XLI, 682). En otros textos, expresa la opini�n que el infierno est� bajo la tierra (Retract., II, xxiv, n. 2 in P.L., XXXII, 640). San Gregorio el Grande escribi�: “No me atrever�a a decidir sobre este tema. Algunos piensan que el infierno est� en alg�n lugar de la tierra; otros creen que est� bajo la tierra” (Dial., IV, xlii, en P.L., LXXVII, 400; cf. Patuzzi, “De sede inferni”, 1763; Gretser, “De subterraneis animarum receptaculis”, 1595).
2. Existencia del Infierno
El Infierno existe, es decir, todos aquellos que mueren en pecado mortal personal, como enemigos de Dios y no merecedores de la vida eterna, ser�n severamente castigados por Dios despu�s de la muerte. Sobre la naturaleza del pecado mortal, ver PECADO; sobre el comienzo inmediato del castigo despu�s de la muerte, ver JUICIO PARTICULAR. En cuanto al destino de aquellos que mueren libres de pecado mortal personal pero si en pecado original, ver limbo (Limbus parvulorum). La existencia del infierno es, por cierto, negado por todos aquellos que niegan la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. As� entre los Jud�os, los Saduceos, entre los Gn�sticos, los Seleucianos y en nuestros tiempos, los Materialistas, Pante�stas, etc., que niegan la existencia del infierno. Aunque aparte de �stos, si nos abstraemos de la eternidad de los dolores del infierno, la doctrina nunca he enfrentado oposici�n digna de menci�n.
La existencia del infierno est� probada primeramente en la Biblia. Cada vez que Cristo y los Ap�stoles hablan del infierno, ellos suponen el conocimiento de su existencia (Mat., v, 29; viii, 12; x, 28; xiii, 42; xxv, 41, 46; II Tess., i, 8; Apoc., xxi, 8, etc.).� En la obra de Atzberger “Die christliche Eschatologie in den Stadien ihrer Offenbarung im Alten und Neuen Testament”, Freiburg, 1890, se aprecia un desarrollo de argumentos de las Escrituras muy completo,� especialmente con relaci�n al Antiguo Testamento. Tambi�n los Padres, desde tiempos remotos han sido un�nimes en sus ense�anzas que los malvados ser�n castigados luego de la muerte. Y como prueba de su doctrina apelaron tanto a las Escrituras como a la raz�n. (cf. Ignatius, “Ad Eph.”, v, 16; “Martyrium s. Polycarpi”, ii, n, 3; xi, n.2; Justin, “Apol.”, II, n. 8 in P.G., VI, 458; Athenagoras, “De resurr. mort.”, c. xix, in P.G., VI, 1011; Irenaeus, “Adv. haer.”, V, xxvii, n. 2 in P.G. VII, 1196; Tertuliano, “Adv. Marc.”, I, c. xxvi, in P.L., IV, 277). Ver en Atzberger “Gesh. der christl. Eschatologie innerhalb der vornicanischen Zeit” (Freiburg, 1896); Petavius, “De Angelis”, III, iv sqq. Citas de las ense�anzas patr�sticas.
La Iglesia profesa su f� en el Credo Atanasio: “Aquellos que han hecho el bien tendr�n vida eterna y aquellos que han hecho el mal, fuego eterno” (Denzinger, “Enchiridion”, 10th ed., 1908, n.40). La Iglesia repetidamente ha definido esta verdad. Ej. En la profesi�n de fe hecha en el Segundo Concilio de Lyon (Denx, n. 464) y en el Decreto de Uni�n en el Concilio de Florencia (Denz, N. 693): “Las almas de aquellos que se van en pecado mortal o s�lo en pecado original, bajan inmediatamente al infierno, para ser visitados, sin embargo, con penas desiguales” (poenis disparibus).� Si abstraemos la eternidad de su castigo, la existencia del infierno puede ser demostrada incluso por la luz de la mera raz�n. Dios, en Su santidad y justicia, como asimismo en su Sabidur�a, debe vengar la violaci�n del orden moral con tal sabidur�a como para preservar, al menos en general, alguna proporci�n entre la gravedad del pecado y la severidad del castigo. Aunque es evidente por experiencia que Dios no siempre hace esto en la tierra; por lo tanto El castigar� despu�s de la muerte. M�s a�n, si todos los hombres estuvieran totalmente convencidos que el pecador necesita temor y no un tipo de castigo despu�s de la muerte, el orden moral y social puede quedar seriamente amenazado. Sin embargo, esto no lo puede permitir la Divina sabidur�a. Nuevamente, si no hubiera retribuci�n mas all� del que ocurre frente a tus ojos aqu� en la tierra, deber�amos considerar a Dios extremadamente indiferente al bien y al mal, y podr�amos� no tomar en cuenta Su justicia y car�cter sagrado. Tampoco se puede decir: los malvados ser�n castigados pero no por aflicci�n positiva: porque ya sea que la muerte ser� el fin de sus existencias, o por la p�rdida del rico premio del bueno, disfrutar�n en menor grado de la felicidad. Estos son� subterfugios arbitrarios y vanos, sin apoyo en raz�n alguna; el castigo positivo es la recompensa natural del mal. Adem�s, la debida proporci�n entre el dem�rito y el castigo ser�a imposible a trav�s de una aniquilaci�n indiscriminada de todos los condenados.
Y, finalmente, si los hombres supieran que a sus pecados no les sigue el sufrimiento, la mera amenaza de aniquilaci�n al momento de morir,� y menos a�n el prospecto de alg�n grado menor de beatitud �ser�a suficiente para disuadirlos de pecar. M�s a�n, la raz�n entiende f�cilmente que en la pr�xima vida el justo ser� feliz como premio de sus virtudes (ver CIELO). Pero el castigo del mal es la contraparte natural del premio a la virtud. Por lo tanto, tambi�n habr� castigo por el pecado en la pr�xima vida. Consecuentemente, encontramos entre todas las naciones la creencia que los que hacen el mal ser�n castigados despu�s de la muerte. Esta convicci�n universal de la humanidad es una prueba adicional de la existencia del infierno. Porque es imposible que, en relaci�n con las cuestiones fundamentales del ser y del destino, todos los hombres caigan en el mismo error; adem�s, el poder de la raz�n humana ser�a esencialmente deficiente, y el orden de �ste mundo estar�a indebidamente envuelto en el misterio; sin embargo, esto resulta repugnante tanto para la naturaleza como a la sabidur�a del Creador.� Sobre la creencia de todas las naciones de la existencia del infierno cito L�ken, en “Die Traditionen des Menschengeschlechts” (2nd ed., M�nster, 1869); Knabenbauer, “Das Zeugnis des Menschengeschlechts fur die Unsterblichkeit der Seele” (1878). Los pocos hombres que a pesar de la convicci�n moral universal de la raza humana, niegan la existencia del infierno son mayormente ateos y Epic�reos. Pero si la visi�n de tales hombres sobre la cuesti�n fundamental de nuestro ser sea la �nica verdadera, la apostas�a fuese el camino a la luz, la verdad y la sabidur�a.
3. Eternidad del Infierno
Muchos admiten la existencia del infierno, pero niegan la eternidad de sus castigos. Los Condicionalistas mantienen s�lo la inmortalidad del alma y aseguran que luego de sufrir cierta cantidad de sufrimiento, las almas de los malvados ser�n aniquiladas. Entre los Gn�sticos, los Valentinianos mantienen la doctrina y m�s tarde tambi�n Arnobius, los Socinianos, muchos Protestantes tanto en el pasado como en nuestros tiempos, especialmente los �ltimos (Edw. White, “Life in Christ”, New York, 1877). Los Universalistas ense�an que al final, todos los condenados, al menos todas las almas humanas, lograr�n la beatitud (apokatastasis ton pantonrestitutio omnium, de acuerdo a Or�genes). Esto era un dogma de los Origenistas y los Misericordes de quienes San Agust�n habla (De Civ. Dei, XXI, xviii, n. 1, in P.L., XLI, 732).
Hubieron adherentes individuales a esta opini�n en todos los siglos ej. Scotus Eriugena; en particular, muchos Protestantes racionalistas de los �ltimos siglos han defendido esta creencia. Ej. En inglaterra, Farrar, “Esperanza Eterna” (cinco sermones predicados en Westminster Abbey, Londres y Nueva York, 1878). Entre los Cat�licos, Hirscher y Schell recientemente han expresado la opini�n que aquellos que no mueren en estado de gracia a�n pueden convertirse despu�s de la muerte si no son demasiado malvados e impenitentes. La Sagrada Biblia es bastante expl�cita en la ense�anza de la eternidad de las penas del infierno. Los tormentos de los condenados durar�n para siempre (Apoc., xiv,11; xix,3; xx,10).� Hay justos por siempre como hay gozos en el cielo (Mat. Xxv, 46). Cristo dijo de Judas: “hubiera sido mejor para �l, si este hombre no hubiera nacido” (Mateo, xxvi, 24). Pero esto no hubiese sido verdadero si Judas no hubiese sido liberado del infierno y admitido a la felicidad eterna. Nuevamente Dios dice de los condenados: “Su� gusano no muere y su fuego no se apaga” (Is., lxvi, 24; Mark ix, 43, 45, 47). El fuego del infierno es llamado repetidamente eterno e inextinguible. Los condenados padecen la c�lera de Dios (Juan iii, 36); son naves de la Divina c�lera (Rom. Ix, 22); ellos no poseer�n el Reino de Dios ( I Cor., vi,10; Gal. V, 21) etc. Las objeciones aducidas desde la Escrituras contra esta doctrina, son tan insignificantes que no valen la pena discutirlas en detalle. La ense�anza de los Padres no es menos clara y decisiva (cito Patavius, “De Angelis”, III, viii). Nosotros simplemente traemos a colaci�n el testimonio de los m�rtires que a menudo declararon que estaban contentos con sufrir dolor de breve duraci�n con tal de escapar de los eternos tormentos; e.g. “Martyrium Polycarpi”, c. ii (cf. Atzberger, “Geschichte”, II, 612 sqq.). Es verdad que Or�genes cay� en el error en este punto y precisamente por este error fu� condenado por la Iglesia (Canones adv. Origenem ex Justiniani libro adv. Origen., can. ix; Hardouin, III, 279 E; Denz., n. 211). En vanos fueron los intentos hechos para socavar la autoridad de estos c�nones (cf. Dickamp, “Die origenistischen Streitigkeiten”, M�nster, 1899, 137).� Por lo dem�s, incluso en Or�genes encontramos las ense�anzas ortodoxas sobre la eternidad de las penas del infierno; puesto que en sus palabras, la fe Cristiana ha sido una y otra vez victoriosa sobre el fil�sofo dubitativo. Gregorio de Nisa pareciera haber favorecido los errores de Or�genes; muchos, sin embargo, creen que sus declaraciones pueden ser mostradas como en armon�a con la doctrina Cat�lica. Pero las sospechas que han sido imputadas sobre ciertos pasajes de Gregorio de Nazianzo y Jerome decididamente no tienen justificaci�n (cf. Pesch, “Theologische Zeitfragen”, 2nd series, 190 sqq.). La Iglesia profesa su fe en la eternidad de los dolores del infierno en t�rminos claros en el Credo Atanasio (Denz., nn. 40) en decisiones doctrinales aut�nticas (Denz, nn. 211, 410, 429, 807, 835, 915), y en incontables pasajes de su liturgia; ella nunca ora por los condenados. Por lo tanto, m�s all� de la posibilidad de duda, la Iglesia expresamente ense�a la eternidad de las penas del infierno como una verdad de fe que nadie puede negar o cuestionar sin caer en manifiesta herej�a.
Pero �cu�l es la actitud de mera raz�n hacia esta doctrina? As� como Dios debe designar alg�n t�rmino fijo para el tiempo del juicio, luego del cual el justo entrar� en segura posesi�n de una felicidad que nunca jam�s perder� en toda la eternidad, as� tambi�n es apropiado que luego de la expiraci�n de ese t�rmino, al malvado le ser� cortada� toda esperanza de conversi�n y felicidad. En cuanto a la malicia de los hombres no puede forzar a Dios a prolongar el tiempo destinado de prueba y darles una y otra vez, sin fin, el poder de decidir sus suertes por la eternidad. Cualquier obligaci�n de actuar de esta manera, ser�a indigno de Dios, porque� lo har�a dependiente del capricho de la malicia humana, quitar�a gran parte de eficiencia a sus amenazas y ofrecer�a a la presunci�n humana la m�s amplia visi�n y el mas fuerte incentivo. Dios actualmente ha destinado el fin de esta vida presente, o el momento de la muerte, como el t�rmino de la prueba del hombre. Porque en ese momento, se produce en nuestra vida, un cambio esencial y moment�neo; del estado de uni�n con el cuerpo, el alma pasa a otra vida. Ning�n instante de nuestra vida es tan agudamente definido por su importancia. Por lo tanto, podemos concluir que la muerte es el fin de nuestra prueba; porque es convenido que nuestro juicio deber� terminar en un momento de nuestra existencia tan prominente y significante de manera de ser f�cilmente percibido por todo hombre. Consecuentemente, es la creencia de toda la gente que la retribuci�n eterna se dispensa inmediatamente despu�s de la muerte. Esta convicci�n de la humanidad es una prueba adicional de nuestra tesis. Finalmente, la preservaci�n del orden moral y social no estar�a suficientemente procurado si los hombres supieran que el momento del juicio continuar� despu�s de la muerte.
Muchos creen que la raz�n no puede dar ninguna prueba concluyente de la eternidad de las penas del infierno, aunque puede mostrar someramente que esta doctrina no entra�a ninguna contradicci�n. Siendo que la Iglesia no ha tomado ninguna decisi�n sobre este punto, cada cual es completamente libre de asumir esta opini�n. Como es aparente, el autor de este art�culo no la sostiene. Admitimos que Dios pudo haber extendido el momento del juicio mas all� de la muerte; sin embargo, de haberlo hecho, habr�a permitido al hombre saber sobre ello y habr�a hecho las correspondientes provisiones para el mantenimiento del orden moral en esta vida. Podr�amos adem�s admitir que no es intr�nsecamente imposible para Dios aniquilar al pecador luego de cierta cantidad de castigo, pero esto estar�a menos conforme con la naturaleza del alma inmortal del hombre; y, en segundo t�rmino, no conocemos ning�n hecho que nos haga tener derecho de suponer que Dios actuar�a de tal manera. La objeci�n radica en que no hay proporcionalidad entre el breve momento del pecado y un castigo eterno. �Pero porqu� no?. Ciertamente, admitimos una proporci�n entre un buen fruto moment�neo y su premio eterno, pero no, es verdad, una proporci�n de duraci�n sino una proporci�n entre la ley y sus sanciones apropiadas. Nuevamente, el pecado es una ofensa contra la autoridad infinita de Dios, y el pecador est� de alguna manera, conciente de esto, aunque imperfectamente. Consecuentemente, en el pecado hay una aproximaci�n a la malicia infinita la cual merece castigo eterno. Finalmente, debemos recordar que, aunque el acto de pecar es breve, la culpa del pecado se mantiene para siempre; porque en la pr�xima vida, el pecador nunca da la espalda a su pecado por una conversi�n sincera. Adem�s, se objeta que el �nico objeto del castigo deba ser la reforma del que hace el mal. Esto no es verdad. Adem�s del castigo inflingido para corregir, tambi�n hay castigos para la satisfacci�n de la justicia. Pero la justicia demanda que quien se desv�e del camino correcto en su busca de la felicidad, no encuentre su felicidad, sino que la pierda. La eternidad de las penas del infierno responde a esta demanda por justicia. Y, adem�s, el temor al infierno en realidad no detiene a muchos del pecado; y, sin embargo, y en tanto es una amenaza de Dios, el castigo eterno tambi�n sirve a la reforma de las morales. Pero, si Dios amenaza al hombre con las penas del infierno, El debe tambi�n llevar a cabo Su amenaza si el hombre no observa evitando pecar.
Para resolver otras objeciones, debemos hacer notar:
  • Dios no es s�lo infinitamente bueno, sino que infinitamente sabio y santo.
  • Nadie es echado al infierno sino lo merece total y enteramente.
  • El pecador persevera por siempre en su mala disposici�n.
  • No debemos considerar el castigo eterno del infierno como una serie de t�rminos distintos y separados de castigo, como si Dios fuera por siempre una y otra vez pronunciando una nueva sentencia e inflingiendo nuevas penas y como si El nunca pudiera satisfacer su deseo de venganza. El infierno es, especialmente a los ojos de Dios, una unidad una e indivisible; no es sino una sentencia y una pena. Podr�amos representarnos un castigo de intensidad indescriptible como en cierto sentido al equivalente a un castigo eterno, lo que nos podr�a ayudar a ver mejor c�mo Dios permite al pecador caer al infierno – c�mo un hombre que hace tabla rasa de todas las advertencias Divinas, quien falla aprovech�ndose de toda la paciente indulgencia que Dios le ha mostrado, y quien en desenfrenada desobediencia esta absolutamente inclinado raudo hacia el castigo eterno, lo que es finalmente permitido por la justa indignaci�n de Dios de caer al infierno.
En s� mismo, el dogma cat�lico no rechaza el suponer que Dios pueda, a veces, por v�a de excepci�n, liberar un alma del infierno. Por lo tanto, algunos argumentan con una falta interpretaci�n de la I de Pedro 3:19 y sgts., que Cristo liber� a varias almas condenadas con ocasi�n de Su descenso al infierno. Otros fueron mal guiados por cuentos no confiables en la creencia que las plegarias de Gregorio el Grande rescataron al Emperador Trajano del infierno. Pero ahora los te�logos son un�nimes en ense�ar que tales excepciones nunca ocurrieron y nunca ocurrir�n, una ense�anza que bien puede ser aceptada. Si esto es verdad, �c�mo puede la Iglesia orar en el Ofertorio de la misa por los muertos:� “Libera animas omnium fidelium defunctorum de poenis inferni et de profundo lacu” etc.? Muchos piensan que la Iglesia usa estas palabras para designar el purgatorio. Sin embargo, pueden ser explicadas con mayor rapidez, si tomamos en cuenta el esp�ritu peculiar de la liturgia de la Iglesia; a veces ella refiere sus plegarias no al tiempo que son dichas, sino al tiempo por el cual son dichas. Por lo tanto, el ofertorio en cuesti�n se refiere al momento cuando el alma est� por abandonar el cuerpo, aunque es positivamente dicha alg�n tiempo despu�s de tal momento; como si actualmente estuviera en el lecho de muerte del creyente, el sacerdote implora a Dios de liberar las almas del infierno. Pero sea cual sea la explicaci�n que preferimos, esto permanece cierto, que, al decir este ofertorio, la Iglesia intenta implorar s�lo aquellas gracias que el alma a�n es capaz de recibir, a saber, la gracia de una muerte feliz o la liberaci�n del purgatorio.
4. Impenitencia de los Condenados
Los condenados est�n ratificados en el mal; cada acto de su voluntad es maligno e inspirado en el odio a Dios. Esta es la ense�anza com�n de la teolog�a; Santo Tom�s� lo establece en varios pasajes. Sin embargo, algunos han mantenido la opini�n que, aunque los condenados no pueden realizar ninguna acci�n sobrenatural, todav�a son capaces de realizar, de vez en cuando alg�n hecho naturalmente bueno; hasta ahora, la Iglesia no ha condenado esta opini�n. El autor de este art�culo sostiene que la ense�anza com�n es la verdadera; porque en el infierno, la separaci�n del poder santificante del amor Divino, es total. Muchos afirman que esta inhabilidad de hacer buenas obras es f�sica, y asignan el impedimento de toda gracia como su causa pr�xima; al hacer esto, toman el t�rmino gracias en su significado m�s amplio, es decir, toda cooperaci�n Divina tanto en buenas acciones naturales como sobrenaturales. Entonces, los condenados nunca pueden escoger entre actuar fuera del amor de Dios y la virtud y actuar fuera del odio a Dios. El odio es el �nico motivo en su poder; y no tienen otra alternativa que aquella de mostrar su odio a Dios escogiendo una acci�n maligna por sobre otra. La �ltima y real causa de su impenitencia es el estado de pecado que libremente escogen como su porci�n sobre la tierra y sobre la cual pasaron, sin conversi�n, a la otra vida y a ese estado de permanencia (status termini) por naturaleza debido a criaturas racionales y a una actitud de mente incambiable. Bastante en consonancia con su estado final, Dios les otorga solo aquella cooperaci�n que corresponde a la actitud que libremente escogieron como suya en esta vida. Por esto, los condenados no pueden sino odiar a Dios y hacer el mal, mientras que el justo en el cielo o en el purgatorio, es inspirado solamente por amor a Dios, no pueden sino hacer el bien.� Por lo tanto, tambi�n, las obras de los reprobados, en tanto est�n inspiradas en el odio a Dios, no son pecados formales, sino solo materiales, porque son realizados sin el requisito de libertad para la imputabilidad moral. El pecado formal que comete el reprobado es solo aquel que, cuando de entre varias acciones en su poder, deliberadamente escoge aquella que contiene la mayor malicia. Por tales pecados formales, los condenados no incurren en ning�n aumento esencial de castigo, porque en el estado final la misma posibilidad y el permiso Divino de pecar son en s� mismos un castigo y, m�s a�n, una sanci�n de la ley moral podr�a parecer bastante sin sentido.
De lo que se ha dicho se sigue que el odio que las almas perdidas tienen hacia Dios, es voluntario s�lo en su causa; y la causa es el pecado deliberado el cual fue cometido en la tierra y por el cual merecieron reprobaci�n. Es tambi�n obvio que Dios no es responsable por los pecados materiales de odio de los reprobados porque si les otorga Su cooperaci�n en sus actos pecaminosos como tambi�n si les reh�sa toda motivaci�n al bien, El act�a bastante de acuerdo con la naturaleza de su estado. Por lo tanto, sus pecados no son m�s imputables a Dios que las blasfemias de un hombre en un estado de total intoxicaci�n, aunque no son proferidas sin la asistencia Divina. El reprobado lleva consigo la primera causa de impenitencia; es la culpa del pecado que� ha cometido en la tierra y con el cual ha pasado a la eternidad. La causa pr�xima de impenitencia en el infierno es que Dios deniega toda gracia y todo impulso por el bien. No ser�a intr�nsecamente imposible para Dios llevar a los condenados al arrepentimiento; aunque tal curso ser�a mantenerlos fuera del estado de reprobaci�n final.� La opini�n que el rechazo Divino a toda gracia y de motivaci�n al bien es la causa pr�xima de impenitencia, es sostenida por muchos te�logos, y en particular por Molina. Su�rez la considera probable. Scoto y V�squez sostienen puntos de vista similares. Incluso los Padres y Santo Tom�s pueden ser entendidos en este sentido.� Es por esto que Santo Tom�s ense�a (De verit., Q. xxiv, a.10) que la causa principal de impenitencia es la justicia Divina la cual reh�sa dar a los condenados toda gracia. Sin embargo, muchos te�logos p.ej. Su�rez, defiende la opini�n que los condenados son solo moralmente incapaces de bien; tienen el poder f�sico, pero las dificultades en sus caminos son tan grandes que nunca podr�n ser superadas. Los condenados nunca pueden desviar su atenci�n de sus horrendos tormentos, y al mismo tiempo saben que han perdido toda esperanza. Por ello, la desesperanza y el odio a Dios, su justo Juez, es casi inevitable e incluso el m�s m�nimo buen impulso se torna moralmente imposible. La Iglesia a�n no ha decidido esta cuesti�n. El autor del presente art�culo, se inclina por la opini�n de Molina. Pero, si los condenados con impenitentes, �como pueden las Escrituras (Sabidur�a, v) decir que se arrepienten de su pecado? Deploran con la mayor intensidad el castigo, pero no la malicia del pecado;� a esto se aferran mas tenazmente que nunca. Si tuvieran la oportunidad, cometer�an el pecado de nuevo, sin duda no por su gratificaci�n, la cual encuentran ilusoria, sino por cabal odio a Dios. Se sienten avergonzados de su insensatez por buscar la felicidad en el pecado, pero no de la malicia del pecado en s� mismo (St. Tom�s, Teol. comp., c. cxxv).
5. Poena Damni
La poena damni, o dolor de p�rdida, consiste en la p�rdida de visi�n beat�fica y por ello, en una� separaci�n total de todos los poderes del alma de Dios, no pudiendo encontrar siquiera la menor paz o descanso. Es acompa�ado por la p�rdida de todo don sobrenatural; p�rdida de fe. Los caracteres impresos por los sacramentos solo permanecen para mayor confusi�n de quien los lleva. El dolor de p�rdida no es la mera ausencia de bienaventuranza superior, sino que tambi�n es el dolor positivo m�s intenso. El vac�o total del alma hecha para el disfrute de la verdad infinita y bondad infinitas, causa en el reprobado una angustia inconmensurable. Su conciencia que Dios, sobre Quien depende completamente, es su enemigo, es abrumadora. Su conciencia de haber perdido por su propio desatino, por incumplimiento las m�s altas bendiciones por placeres transitorios e ilusorios, los humilla y deprime m�s all� de toda medida. El deseo de felicidad, inherente en su misma naturaleza, completamente insatisfecho y ya sin la capacidad de encontrar ninguna compensaci�n por la p�rdida de Dios por el placer ilusorio, los deja� completamente miserables. M�s a�n, est�n plenamente concientes que Dios es infinitamente feliz y por lo tanto su odio y deseo impotente de injuriarlo los llena de extrema amargura. Y lo mismo es cierto en relaci�n con todos los amigos de Dios que disfrutan la gloria del cielo. El dolor de p�rdida es la misma esencia del castigo eterno. Si los condenados contemplaran cara a cara a Dios, el infierno mismo, empero su fuego, ser�a una especie de cielo. De tener ellos alguna uni�n con Dios, aunque no sea precisamente uni�n de visi�n beat�fica, el infierno ya no ser�a infierno, sino una especie de purgatorio. Y, sin embargo, el dolor de p�rdida no es sino la consecuencia natural de aquella aversi�n a Dios que yace en la naturaleza de todo pecado mortal.

6. Poena Sensus
El poena sensus, o dolor de sentido, consiste en el tormento del fuego, tan frecuentemente mencionado en la Sagrada Biblia. De acuerdo a la gran mayor�a de los te�logos, el t�rmino fuego, denota un fuego material, y por lo tanto, fuego real. Sostenemos estas ense�anzas como absolutamente verdaderas y correctas. Sin embargo, no debemos olvidar dos cosas: De Catarinus (m. 1553) hasta nuestros tiempos no han habido te�logos deficientes que interpreten el t�rmino fuego de las Escrituras en forma metaf�rica, como denotando un fuego incorp�reo; y en segundo lugar,� hasta ahora la Iglesia no ha censurado su opini�n. Algunos de los Padres tambi�n pensaron en una explicaci�n metaf�rica. Sin embargo, las Escrituras y la tradici�n hablan una y otra vez del fuego del infierno, y no hay suficientes razones para considerar el t�rmino como una mera met�fora. Se argumenta: �C�mo puede un fuego material atormentar demonios o almas humanas antes de la resurrecci�n del cuerpo? Pero, si nuestra alma est� as� unida al cuerpo como para ser profundamente sensible al dolor del fuego, �porqu� el Dios omnipotente es incapaz de enlazar incluso los esp�ritus puros a alguna sustancia material de tal manera que sufran un tormento mas o menos similar al dolor del fuego el cual el alma puede sentir en la tierra? La respuesta indica, en la medida de lo posible, c�mo debemos formarnos una idea del dolor del fuego el cual sufren los demonios. Los te�logos han elaborado varias teor�as sobre este tema, las cuales, sin embargo, no deseamos detallar aqu� (el actual estudio de Franz Schmid “Quaestiones selectae ex theol. dogm.”, Paderborn, 1891, q. iii; tambi�n Guthberlet, “Die poena sensus” en “Katholik”, II, 1901, 305 sqq., 385 sqq.). Es bastante superfluo agregar que la naturaleza del fuego infernal es diferente de aquel de nuestra vida ordinaria; por ejemplo, continua quemando sin la necesidad de renovar constantemente la provisi�n de� combustible. Queda bastante indeterminado �c�mo podemos formarnos un concepto en detalle?; nosotros sabemos meramente que es corp�reo. Los demonios sufren el tormento del fuego incluso cuando, por permiso Divino abandonan los confines del infierno y rondan sobre la tierra. �C�mo sucede esto?, es incierto. Podemos asumir que se mantienen encadenados inseparablemente a una porci�n de ese fuego. El dolor de sentido es la consecuencia natural de aquel desordenado� recodo en las creaturas las cuales est�n involucradas en todo pecado mortal. Conviene decir que quien busca placer prohibido debe encontrar dolor como recompensa.. (Cf. Heuse, “Das Feuer der H�lle” en “Katholik”, II, 1878, 225 sqq., 337 sqq., 486 sqq., 581 sqq.; “Etudes religieuses”, L, 1890, II, 309, report of an answer of the Poenitentiaria, 30 April, 1890; Knabenbauer, “In Matth., xxv, 41”.)
7. Dolores Accidentales de los Condenados
De acuerdo con los te�logos, los dolores de p�rdida y el dolor de sentido constituyen la esencia misma del infierno, el primero es, sin dudas por lejos la parte m�s espantosa del castigo. Aunque los condenados tambi�n sufren varios castigos “accidentales”.
As� como los benditos en el cielo est�n libres de todo dolor, as� tambi�n, por otro lado, los condenados nunca experimentan ni siquiera el menor placer real. En el infierno, la separaci�n de la influencia bienaventurada del amor Divino ha llegado a su consumaci�n. Los reprobados deben vivir en el� seno de los condenados; y su estallido de odio o de reproche en que gozan de sus sufrimientos, y sus deformes presencias, son una siempre fresca fuente de tormento. La reuni�n del alma y el cuerpo luego de la Resurrecci�n ser� un castigo especial para los reprobados, aunque no habr� ning�n cambio esencial en el dolor de sentido que ya est�n sufriendo.
En cuanto a los castigos de los condenados por sus pecados veniales, ver Suarez, “De peccatis”, disp. vii, s. 4.
8. Caracter�sticas de las Penas del Infierno
(1) Las penas del infierno difieren en grado de acuerdo al dem�rito. Esto es cierto no solo en relaci�n con el dolor de sentido, sino tambi�n al dolor de p�rdida. Un mayor odio a Dios, una conciencia m�s v�vida del abandono total de bondad Divina, una mayor inquietud� por satisfacer el deseo natural de beatitud con cosas externas a Dios, un sentido m�s agudo de verguenza y confusi�n ante el desatino de haber buscado felicidad en el gozo terrenal – todo esto implica como su correlaci�n una m�s completa y dolorosa separaci�n de Dios.
(2) Las penas del infierno son esencialmente inmutables; no hay intermedios temporales o alivios pasajeros. Algunos Padres y te�logos, en particular el poeta Prudencio, expres� la opini�n que en algunos determinados d�as Dios otorga a los condenados cierto respiro y que adem�s de esto, las plegarias de los creyentes les obtienen para ellos otros intervalos de descansos ocasionales. La Iglesia nunca ha condenado esta opini�n en t�rminos expresos. Pero ahora los te�logos est�n justa y un�nimemente rechaz�ndola. Santo Tom�s la condena severamente (In IV Sent., dist. xlv, Q. xxix, cl.1). [Cf. Merkle, “Die Sabbatruhe in der H�lle” in “Romische Quartalschrift” (1895), 489 sqq.; ver tambi�n Prudencio.]
Sin embargo, no est�n excluidos, los cambios accidentales en las penas del infierno.� As� puede ser� que los reprobados sean a veces m�s y a veces menos atormentados por sus alrededores. Especialmente luego del �ltimo juicio habr� un aumento accidental en el castigo; porque� nunca jam�s se les permitir� a los demonios abandonar los confines del infierno sino que ser�n finalmente prisioneros por toda la eternidad y las almas de los� hombres reprobados ser�n atormentadas en uni�n con sus cuerpos deformes.
�(3) El infierno es el estado de la m�s grande y completa desgracia, como es evidente luego de todo lo que se ha dicho. Los condenados no tienen ninguna especie de gozo, y les hubiera sido mejor para ellos, no haber nacido (Mat., xxvi, 24). No hace mucho tiempo, Mivart (El Siglo Diecinueve, Dic, 1892., Febr. y Abr., 1893) defendi� la opini�n que las penas podr�an decrecer con el tiempo y que al final su sino ser�a tan extremadamente triste; que finalmente alcanzar�an ciertafelicidad y preferir�an la existencia a la aniquilaci�n; y aunque continuar�an a�n sufriendo el castigo simb�licamente descrito como un fuego por la Biblia, a�n as� no podr�an odiar a Dios m�s y el m�s desafortunado entre ellos ser�a m�s feliz que muchos empobrecidos en esta vida. Es bastante obvio que todo esto es opuesto a las Escrituras y a las ense�anzas de la Iglesia. Los art�culos citados condenados por la Congregaci�n del Indice del Santo Oficio el 14 y 19 de Julio de 1893 (cf. “Civilt� Cattolia”, I, 1893, 672).


2 comentarios:

  1. A-la amanda seguro gana porque es el mas largo y el mas cierto :(

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  2. claro yo no entro en el viaje a conocer a los miembros :) (jejeje)

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